domingo, 29 de noviembre de 2009

El fin de los hooligans en Inglaterra

La violencia en las canchas de fútbol se había transformado en un hecho cotidiano en Inglaterra. Si bien los llamados hooligans se conocieron por los años ’60, fueron dos tragedias en la década del ’80 lo que obligaron al gobierno de Margaret Thatcher a realizar una profunda investigación acerca del problema e implantar rigurosas medidas para que los acontecimientos no se reiteraran.

El primer hecho catastrófico ocurrió el 29 de mayo de 1985, cuando se disputaba la final de la Liga de Campeones entre Liverpool y Juventus en el estadio Heysel de Bélgica. Los hooligans trasladaron su práctica habitual en el fútbol inglés -empujar a los hinchas rivales para desalojarlos de la tribuna- a la capital belga, Bruselas, donde como crédito de tales actos, junto a la ineficacia policial y la deficitaria infraestructura que presentaba la cancha, dejaron 39 muertos. A pesar de que los acontecimientos violentos sucedieron una hora antes de la iniciación del partido, dicho encuentro se realizó de igual forma, en el que el equipo italiano venció por 1 a 0 al inglés, con un gol de Michel Platini de penal. Posteriormente, la Unión de Asociaciones de Fútbol Europeo (UEFA) castigó al Liverpool con 10 años de suspensión en los torneos continentales. Sin embargo, la mandataria Thatcher esperó cuatro años más para buscarle una solución al problema, cuando otra masacre fue víctima de 93 personas.
Fue en 1989, en el marco de la semifinal de la Copa de Inglaterra, en la que se medían Liverpool y Nottingham, en el estadio Hillsbrough, de Sheffield, donde una sobreventa de entradas produjo el arrebato de los hooligans nuevamente, burlando el control policial insuficiente, derribando vallados y aplastando a la gente que se encontraba en las tribunas contra el alambrado.
Allí surgió el Informe Taylor y la batería de medidas concentradas en el fútbol Spectators Act, que se basaba en otorgarle mayor poder a la policía, reglamentar penas más severas y efectuar un importante reacondicionamiento de los estadios.
Se suprimieron los alambrados que rodeaban al campo de juego, se obligó a todos los espectadores que permanecieran sentados durante el encuentro, se mejoró los accesos a los estadios permitiendo la rápida evacuación en caso de ser necesario, se reemplazó a los agentes policiales por civiles capacitados para organizar grandes grupos y mediar ante un posible conflicto llamados “stewards”, se prohibió la venta de entradas en las canchas el día del partido, se instalaron cámaras de video para que registre lo que sucede en las tribunas, se aplicó el derecho de admisión y se confeccionó un registro de hinchas con información del público. Estas medidas redujeron notablemente los conflictos en los espectáculos futbolísticos, pero también cambiaron la fisonomía de los hinchas concurrentes a las canchas, ya que se aumentó ampliamente el valor de las entradas para no permitirle a los hooligans, provenientes de la clase baja, asistir a dichos eventos y relegándolos a ver los partidos por televisión.
El perfil de los espectadores del fútbol se transformó marcadamente: las clases obreras y populares dejaron su lugar a los sectores medios y altos, quienes eran los únicos capaces de sustentar los precios de las entradas. Este cambio también terminó con los rituales tradicionales que desplegaban los hinchas en los estadios, como cantar durante el juego. Asímismo, el hecho de que el público debe permanecer sentado durante el encuentro enfrió el clima festivo que generaban las manifestaciones y el fervor que se creaba ante la pasión futbolística, trasladándose hacia los pubs, donde se encuentran los desplazados de los estadios. Si bien las medidas dispuestas surtieron resultado, el control de la violencia en las canchas cambió radicalmente la forma de vivir el fútbol que se practicaba hasta entonces.
La gran diferencia entre la violencia que acontece en las canchas de fútbol de Inglaterra y en nuestro país es que en las primeras, los hooligans pelear contra la hinchada adversaria lo tomaban como una buena diversión para la tarde de un sábado; y en las segundas, el tema es mucho más complejo, ya que alentar a sus equipos es una simple excusa para los barrabravas argentinos, detrás de la cual están involucrados dirigentes, políticos y jugadores, formando parte de un negocio al que a nadie le interesa que se termine. Es por eso que las medidas adoptadas por el gobierno inglés no servirían de mucho en nuestro fútbol, en el que la cuestión va más allá de un grupo de personas que genera disturbios por gusto propio y los controles no serían efectivos si hasta la policía se encuentra implicada en el asunto.

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