
“Mucho elogio, mucho elogio para él, pero con el pase que le di, si no hacía el gol era para matarlo”, repite siempre Enrique, con su humor característico, haciendo referencia al segundo gol contra los ingleses, que luego sería elegido el mejor de la historia de los mundiales.
El ‘86 fue su mejor año: ganó el campeonato local, la Copa Libertadores y la Copa Intercontinental con River; y salió campeón mundial, con la selección argentina.
Adolfo Perdernera fue quien lo puso en la posición de volante derecho en el equipo millonario, ya que jugaba como delantero. Tal fue el agradecimiento hacia él que el Negro bautizó a su hijo mayor con el nombre de su descubridor. En 1990, tuvo que dejar por consejo de Daniel Passarella la institución de Nuñez, debido a la lesión que lo maltraía desde ya hacía varios años. “Cuando me fui de River, lloré como un nene”, recordaría luego de irse del club.
En 1977, Enrique vendía los diarios del River campeón con su hermano Carlos, en Loma Verde, donde lo llamaban “Pelé”, porque era morocho y goleador. Trece años después, la tapa de los diarios serían ellos dos festejando el título con el conjunto millonario.
Si bien no tuvo demasiada experiencia como técnico, únicamente dirigiendo en dupla con José Luis Brown a Almagro en el 2000 y a los juveniles de la Sub 15 antes de asumir a este cargo, ya se dio el gusto de estar al mando de la selección mayor junto con Alejandro Mancuso, el 22 de diciembre de 2009, frente a Catalunya, por la suspensión de Maradona.
Luego de los intentos fallidos por incorporar a Oscar Ruggeri al cuerpo técnico del seleccionado y la criticada presencia de Alejandro Mancuso como la mano derecha de Diego, finalmente, el que llegó fue Enrique. Como en el ’86, el Negro intentará ayudar nuevamente a Maradona a traerse la medalla de campeón.
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